
Sí, los filólogos no sólo leemos a los grandes clásicos, de hecho, ha sido precisamente investigando por la red como he dado con un post en el blog Escéptica sobre el origen de los mormones que me ha hecho replantearme aquello a lo que nuestra fe se entrega sin necesidad de pruebas, incluso en la mayoría de ocasiones, sin necesidad de coherencia. Os dejo con un breve resumen:
A principios del siglo XIX, el ángel Moroni se presentó al Joseph Smith y le dijo que debía traducir unas tablas de oro escritas en “egipcio reformado” que habían sido escritas por los profetas de los supuestos primeros pobladores del continente americano, de cuya existencia la ciencia no ha encontrado evidencias. Fruto de ese encuentro y años más tarde surgiría el Libro del Mormón. El proceso sobre qué pasó durante la transcripción es curioso y varía de una fuente a otra, por lo que os recomiendo a los que os interesen los fenómenos paranormales, que investiguéis un poco porque merece la pena.
Cualquier religión tiene mayor o menor grado de fantasía y unos pilares que tambalean expuestos ante un pensamiento racional, aunque se empeñen, o nos empeñemos, en definirlos como metáforas. Quizá por eso nuestros políticos también juegan con eso, con la confianza ciega de quien piensa que el fin de la crisis está a la vuelta de la esquina como quien tiene la necesidad de creer que existe algo más después de la muerte o que nuestra existencia tiene algún sentido divino.
la fe, creencia ciega para darle sentido a la vida...como el corazón que debe ser engañado si no es ocupado.
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